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¿Se acaba la tiranía del fútbol?

2042207279-football-fl-championship-barnsley-v-burnley-sat-20-oct-2007 Soy varón, heterosexual, y no me gusta el fútbol. De hecho, no recuerdo haber visto un solo match de balompié completo, al menos no desde que cumplí veinte años (y hoy sobrepaso las cuatro décadas de vida). No dudo que existen ciertas circunstancias en las que algún partido me genera algo más de interés… Tal vez las finales o semifinales del campeonato del mundo. Fuera de eso, ver un partido entero es una de las formas más tediosas del aburrimiento.

Y no crean que esta actitud mía surge de la enorme proclividad a la derrota que exhiben las selecciones peruanas desde hace décadas. Algo tienen que ver, pero me son igualmente indiferentes los campeonatos internacionales. Me parece inexplicable que haya gente que pasa tardes y noches viendo veintidós tipos detrás de una pelotita.

Soy el último romántico, un Nicola di Bari del deporte rey. No me atrae tanto ese deporte porque me enamoré de él en la época en que Pelé y el scratch, Cubillas y la selección peruana, rayaban en las canchas. Cuando un cocainómano intoxicado de megalomanía no era aún endiosado por una nación culta como la Argentina, cuando un figurín de pasarela no ganaba más notoriedad por su peinado que por sus jugadas. Vamos, cuando el fútbol era hermoso, arriesgado y corajudo, no una especie de ajedrez con fichas de carne y hueso que siempre juegan a no perder, casi nunca a ganar, y claro está, jamás a hacer un juego bonito.

Pero, ¿y yo por qué voy a renunciar?

Clama Manuel Burga, presidente de la FPF, con el candor de Candy y Heidi reunidos bajo su distinguida cabellera canosa. Pero su ingenuidad angélica, combinada con la testarudez senil de Arturo Wodman, tal vez hagan el milagro de desaparecer la tiranía futbolística de nuestras pantallas. Tal vez la gente empiece a entender que existen otros deportes en los que –asombro de asombros– no sólo puede irnos mejor, sino que hasta podemos alcanzar renombre mundial. Tal vez s acaben o aminoren los periodistas deportivos rellenos de testosterona con vocabulario de cuarenta palabras, que usan las mismas siete u ocho frases, y que no saben ni un carajo de deportes salvo del fútbol.

Tal vez descansemos de derrotas y miseria moral de los peloteros, y empecemos a ver mñas victorias, más ejemplos valiosos y, por qué no, una mejora en nuestra estima nacional.

Tal vez algunos se sorprendan de ver salir el sol sin fútbol, de que emborracharse frente a una pantalla no es lo mejor ni más divertido que pueden hacer con su tiempo.

Tal vez el mundo siga girando sin FPF, aunque Burga nos quiera hacer creer lo contrario.

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