La Indestructible
Magaly Medina es indestructible e inevitable. Como Satanás, como la muerte, como los impuestos. Luego de una sentencia de cárcel, una vida de cruel anonimato (hasta su destape televisivo), el trauma de convivir y separarse de sendos maridos impresentables, y una teleserie exclusiva y devotamente dedicada a agraviarla a diario y a nivel nacional, la Urraca sigue prosperando.
Ser su rival ha equivalido (al menos hasta ahora) a la fatalidad de rendirse, más o menos ignominiosamente, ante sus tacones de doscientos dólares, hincando la frente en el escaso polvo de su set de televisión, haciendo zalemas ante el calzón que se luce entre sus tobillos.
Tal vez una de las perspectivas más íntimas de quien, como ella, tanto se ha cuidado de ofrecer su privacidad a la vista, sean las líneas que el odio de Beto Ortiz le consagró en las páginas de su novela Maldita Ternura. En ella, Ortiz relata los devaneos y aspiraciones literarias de una Urraca en cierne, la baja autoestima que la hacía fijarse en "oleaginosos" maridos normalmente inelegibles, y su posterior fijación onmipresente en el rating y la búsqueda de escándalos.
No sé si esa fatídica noche en que su urraco tomó las malhadadas fotos del futbolista Guerrero se armó un simulacro o si, por el contrario, hay una confabulación en el poder Judicial en contra de las aves de rapiña que incluye a la Medina. Tampoco estoy seguro de por qué, por ejemplo, no haya en el Perú cárcel por deudas pero sí por difamación.
Lo que sí deberá admitir cualquiera es que zafarse del cuerpo a maridos inútiles, criar a un hijo sola, imponer a la televisión peruana un molde nuevo (malo para casi todos, pero consumible y consumido por la mayoría), sobrevivir a su propia fealdad (y más que ello, a la autoestima baja que en muchas mujeres ésta generaría) y enfrentarse cual mediático Pitbull de las pantorrillas de un Ferrando (en pleno imperio) y una Gisela Valcárcel (a la mitad de su gloria) no es cosa fácil.
¿Cómo hizo la huachana? Pues empleó la estrategia de ciertos reyes medievales, que temerosos por ser víctimas de envenenamientos, fueron acostumbrando el cuerpo a los tóxicos hasta que sus potenciales asesinos terminaron frustrados al ver que, en vez de morir, los soberanos fastidiosos engordaban con la ponzoña.
Es decir: la Urraca prospera cuando la insultan, se regodea en la agresión que le dirigen, se enriquece con el rechazo que genera. Como si toda su trayectoria televisiva no fuera prueba bastante de ella, sólo tienen que revisar las utilidades de su revista: están más altas que nunca antes. Desde que escribe desde la celda cartas destinadas a sus lectores, Magaly ha multiplicado sus ingresos.
Presa y tal vez difamadora, pero cojuda y misia, jamás.

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