La Primera Aventura del Capitán Alatriste
Leer a Pérez-Reverte es uno de los modos más entretenidos de ejercitar la capacidad de asombro. Para mí el gran mérito de este autor no radica tanto en la estructura de sus tramas (que son más bien algo simplonas y a menudo predecibles), sino en esa intoxicación verbal que nos hace paladear el regusto barroco del siglo de oro español.
La averiguación histórica es encomiable, en especial muchos detalles de la vida cotidiana de ese entonces, que nos hacen beber con más placer el flujo de la narración. Y la conciencia de ciertos vicios nacionales de la vieja España que tiñen la voz del narrador desromantizan el tópico del viejo militar que vive aventuras de capa y espada. Esto es otra virtud adicional.
Pérez-Reverte es un escritor esencialmente verbal, y si se usa sólo este criterio podría incluírsele en el mismo grupo que Borges, Ribeyro, y otros: ustedes saben, escritores que podemos identificar con sólo leer una o dos líneas. Esta es una característica que se va volviendo cada vez más rara en los narradores, que a menudo sucumben a la estrategia y al artilugio técnico para buscar golpes de efecto, y se olvidan del donaire en la expresión, de la frase estética que no pierde precisión, del ajuste verbal en concordancia con el rol y la época que narran.
Diego Alatriste y Tenorio, “soldado de los tercios viejos en las guerras de Flandes” sobrevive en el ya decadente Madrid de Felipe IV como asesino y espadachín por encargo. En esta primera aventura, Alatriste se ve envuelto en una misión que pone a prueba su carácter, al enfrentarlo a circunstancias que lo sobrepasan. Con ayuda de su protegido el joven Iñigo Balboa y la gallarda compañía de don Francisco de Quevedo, poeta grandísimo, Alatriste logra salir airoso… Por el momento.
Ya leí la primera entrega de esta serie: “Las Aventuras del Capitán Alatriste”. El relato obró su magia y, como toda historia de aventuras que se respete, ha generado en mí, como en tantos otros, la curiosidad por las demás correrías de Don Diego. Y a aquellos que objeten la calidad del libro responderé como el Capitán Alatriste al mismísimo Quevedo: “No me jodáis.”

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