Espíritu Olímpico
Dos sucesos recientes me motivan a escribir esta breve nota. Primero, la culminación de las Olimpiadas 2008; segundo, la culminación de mi lectura del libro “Traducciones Peruanas”, del publicista Gustavo Rodríguez.Rodríguez menciona en su libro algo que es perfectamente aplicable al caso deportivo: los países, comercialmente hablando, son marcas. Cómo manejemos la imagen de un país va a redundar (positiva o negativamente) en los resultados comerciales de sus empresas en la arena globalizada de hoy.¿Cómo se aplica esto a las Olimpiadas que acabar de terminar?
Un botón de muestra: ¿se han fijado como ahora (casi) nadie se refiere a la capital china como “Pekín”, sino como “Beijing”? Los chinos ya lograron filtrarnos un mensaje: son un “nuevo país”, con las ventajas del antiguo pero mentalidad diferente. Los millones que han invertido en las Olimpiadas (incluyendo la fantástica delegación de deportistas locales, que encabezan el medallero por oros) serán luego recuperados por las industrias chinas. Han logrado sofocar sus patentes y groseras incorrecciones políticas, han lavado su cara de las manchas ominosas de la represión y la contaminación, y han logrado mejorar su imagen.Porque una imagen bien puesta de país vale millones.
China tenía que sacarse de encima el (justificado, a mi juicio) sambenito de ser el país más contaminante del planeta. En efecto, el gigante asiático está impulsando su enorme crecimiento a punta de carbón y sus derivados, de los cuales posee reservas enormes que piensan explotar “a forro”, como se dice. (La buena nueva es que les va muy bien, aunque a corto plazo. La mala noticia es que los platos rotos los vamos a pagar toditos los seres humanos, incluyendo a nuestros hijos y nietos.)
Otro estereotipo del que les era imprescindible sacudirse era el de la mala calidad de sus productos. En ese aspecto, es claro que a muchos de los 3 mil millones de espectadores les quedará de estas Olimpiadas la imagen de un país que sabe hacer bien las cosas, y en grande.
Por último, aunque no menos importante: la sola acción de acoger el evento olímpico (que es quizás la actividad mundial más inclusiva y plural que existe), contrarrestará la pésima imagen del estado chino en lo que a apertura política se refiere, pese a las protestas tibetanas previas a los Juegos. De hecho, pienso que el Dalai Lama fue demasiado noble (o excesivamente espiritual y poco “terreno”) como para sacarle partido al foco mundial de la atención puesto en China. Esta batalla política ganada significa muchos años más de legitimidad social interna y externa para el gobierno chino tal como es hoy en día.
Terminando con una nota mala: ¿sabían que el Perú es una de las seis o siete únicas naciones que no se lleva ni una sola medalla olímpica? Desde el punto de visto político/comercial, enviar una delegación tan pobre (ojo, respeto a los heroicos deportistas peruanos pero hay que admitir que no eran competitivos para nada) le ha hecho un flaco favor a nuestra emergente imagen de país que crece.
Creo que más hubiera valido que no se enviara a nadie: en este caso, al contrario de la vieja frase, “mejor es nada”. El manido argumento de que “los deportistas nacionales deben ir para mejorar sus marcas y ganar experiencia” resulta siendo bastante estúpido, pues aun si fuera realmente cierto, el costo para el país es mucho mayor que el potencial beneficio para unos cuantos individuos. Y además no me creo ese cuento: el único deportista con alguna posibilidad era un muchacho entrenado y educado casi íntegramente en EEUU, aprovechando las oportunidades que ese país da, aunque representando al Perú por un simple impulso sentimental de gran generosidad (tomando en cuenta que el Estado peruano no lo ha apoyado nada o casi nada). Tal vez es mejor que no hubiera ganado, desde el punto de vista del marketing nacional: hubiera sido el equivalente de un “peruano bamba”.
Salud por las Olimpiadas y ojalá que nuestros supercagones políticos de mierda se den cuenta, a partir de hoy, que un triunfo nacional es una de las mejores formas de promover su popularidad. Porque ya sé que la “marca-país” les llega al huevo.

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